Mi Historia | Mis cicatrices, un recordatorio de su gracia. | María Alessandra

Actualizado: 23 mar 2020
Mi nombre es María Alessandra, mis amigos me llaman Male. Tengo 20 años, amo cantar a todo pulmón en cualquier lugar. Soy estudiante de sociología en la Unison.
Has venido a conocer mi cicatriz más grande, mi pasado doloroso. Mis cicatrices y los recuerdos de esos días son un recordatorio de la gracia y misericordia de Dios para conmigo y mi casa.
Debo comenzar diciendo que mi papá no siempre fue el mejor papá del mundo. Por muchos años fue un papá podría decirse “ausente”, estaba físicamente ahí, no lo estaba en totalidad. Por muchos años mi mamá fue mi todo. Y aunque tal vez todo podría parecer bueno en mi vida a los 8 años, las cosas no estaban bien. Sí, tenía viajes, ropa, juguetes, comida, todo a mis pies. Pero dentro de mi cuarto, trataba de evitar escuchar los gritos y peleas de mis papás. “Pero todos los papás pelean” puedes pensar. Pero los míos emanaban la falta de amor que existía. No puedo recordar ni siquiera 1 vez que mis papás se expresaran amor. Es muy difícil creer en el amor cuando no tienes un ejemplo el cual te haga creer. Cuando cumplí 12 mis papás tomaron por fin la decisión de separarse.
Mi hermano mayor y yo nos vamos a vivir con mi mamá. Mi mamá me contó una versión donde mi papá pidió quedarse con mis hermanos menores porque a nosotros no nos quería soportar. Que nosotros representamos mucho gasto y que él no quería asumirlo. Yo le creí. Con el corazón roto le creí. Mi papi, mi héroe, mi persona favorita no me quería con el. Mi yo de 12 años experimentó por primera vez un corazón roto.
Meses después, tal vez 2, mi mamá nos presenta al nuevo personaje de nuestra historia: su novio. Ni siquiera sabía su apellido y ya lo tenía viviendo con nosotros. Era sólo yo contra todo lo nuevo que se me venía encima. Lo más difícil del proceso era estar sola, no tener con quien hablar al respecto. Mi hermano mayor quien siempre fue un niño alegre, dejó la preparatoria y comenzó a tomar y dejarme sola también. Entonces seguí su ejemplo: yo también me iba. Hacía todo lo necesario para no estar en mi casa.
Y fue cuando llegó el invierno, esperaba navidad, mi fecha favorita. Pensé que ese día mi mamá cumpliría su promesa e iríamos todos (junto con mi papá) a cenar. Pero en lugar de eso, me dice que se irá a Chihuahua a conocer a la familia de su nuevo novio. Que yo pasaría navidad con mi papá.
Entonces llega la navidad. Era la primera navidad sin mi papá y sin mi familia y estaba sola. Esa noche nada tenía sentido, todo era basura y las voces me repetían constantemente que esa sería para siempre mi vida y me preguntaban si realmente valía la pena seguir. Yo les contestaba que no, que ya no quería vivir así, que era muy doloroso. Entonces, sin saber muy bien lo que hacía, tomé la navaja con la que me cortaba bastante seguido las piernas y repitiéndome que no valía más la pena estar aquí comencé a cortar de manera vertical mi muñeca izquierda. Antes de llegar muy profundo me detuve. Comencé a llorar y a decirle a Dios que esto no era lo prometido, que porque no me escuchaba o porque no me sacaba de ahí.
Pasaron las fiestas y comencé a hablar con mi papá de nuevo. Mi papá me ofreció irme a vivir con él. Que nunca perdió pista de mí. No dudé en decirle que sí. Porque sabía que si seguía donde estaba, todo saldría mal. Me sentía segura de tomar esa decisión. Pero mi mamá no lo tomó tan bien como nosotros. Me trataba como si fuera la peor persona en el mundo.
Tenía aproximadamente 2 meses con mi papá cuando fui con mis amigos y al volver me esperaba mi mamá, gritándome cosas horribles y corriéndome de la casa. Me dio que yo era la causa de su infelicidad y que no quería verme más. Le envíe un mensaje a mi papá que por favor viniera por mí y me quedé a esperar. A los minutos salió mi mamá a decirme que no me quería ahí. “Creo haberte dicho que no te quería en mi casa” dijo, “No te quiero ni siquiera en el porche, vete a la calle.” Y justo en ese momento, me di por vencido.
Me fui y justo dando vuelta en la esquina, tiré mi mochila y comencé a llorar. Recuerdo estar hablando con Dios y haberle dicho “Ya no sé si eres real, y si lo eres, entonces no me amas.” Y después de decir eso, tomé la navaja anteriormente mencionada y comencé a cortar poco a poco. Ya no podía más. De verdad estaba convencida de no querer vivir más. Y justo cuando estaba decidiendo irme al parque para terminar de una vez por todas con esto, llega una amiga de mi abuela que sabía lo que estaba pasando. Me habló de cómo Jesús me amaba y como tenía un propósito para mi vida. Yo le contesté que no quería hablar de Jesús. Ella lo respetó y me llevó a mi casa.
Después de meses, me invitaron a la iglesia. Renuente, acepté. Poco a poco fui escuchando lo que Jesús había hecho. Todo lo que tenía preparado y que había un lugar en Su mesa con mi nombre. Jesús borró toda herida y ahora vivo feliz.
Mi mamá recibió a Jesús en su corazón y poco a poco nuestra relación mejora. Por mucho tiempo permití que lo malo en mi y los episodios feos de mi vida me definieran, sin embargo, dejé de buscar culpables y me enfoqué en buscar el amor de Jesús.
Soy ministro de alabanza en mi Iglesia Tabernáculo desde hace ya casi 5 años. He viajado a diferentes partes del país cantando y compartiendo acerca de Jesús. Soy increíblemente cercana con mis pastores, son como mis papás y mis mejores amigos al mismo tiempo. Amo a Jesús con todo mi corazón, El es la fuerza que me sostiene y quien me infunde aliento. Seguirlo es y será siempre, la mejor decisión de mi vida.
Han pasado 6 años desde todo eso y hoy en día quedó atrás. Sólo lo traigo a la luz en ocasiones como estas, donde haya personas que necesiten escuchar lo que Dios puede hacer con quienes le permitimos entrar.

Te dejo con esto: Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo. Apocalipsis 3:20
Hay un lugar en Su mesa con tu nombre.
La versión completa la puedes encontrar aquí.



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